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Martí y su inclusión en la obra pictórica de Diego Rivera

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Por Miralys Sánchez Pupo

A propósito del cincuentenario de la muerte de Diego Rivera, unido en el recuerdo del centenario del natalicio de su compañera Frida Kahlo, la memoria nos lleva hacia el dueto que sobresale por los valores culturales, políticos y humanos que los han convertido en mitos para la trascendencia. Ambos aparecieron en el mural solicitado al pintor en 1947 que tituló Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Entre sus personajes también estuvo el joven periodista cubano José Martí y muchos en el mundo se han preguntado con insistencia las razones de esa inclusión en la obra.

Fragmento del Mural del pintor Diego Rivera. Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.

Fragmento del Mural del pintor Diego Rivera. Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.

No hay momento memorable de la nación mexicana que no ocupe su lugar en el fresco espacio de aquella tarde. Con armonía y sencillez aparece el tenebroso inicio de la conquista, tres siglos de virreinato y la llegada de la independencia. Entre los colores emergen las Leyes de Reforma, el Porfiriato, la Revolución de 1910 y otros sucesos hasta las tres décadas siguientes.

El mural rinde homenaje a José Guadalupe Posada (1852-1913) en su centro por el aniversario 150 del nacimiento del grabador. Catrina, imagen de su creación reconocida internacionalmente atrae hacia sí todas las miradas del brazo del artista y la mano del niño Diego (Rivera). Las figuras de Frida Kahlo y de José Martí forman por derecho propio parte de los testigos de la nación mexicana y su historia.

El hijo mayor de doña Leonor Pérez y don Mariano Martí terminó sus estudios en Zaragoza, pero tenía prohibido regresar a la Isla. Por eso, la familia trabajó sin descanso para poder trasladarse lo antes posible a México donde recibieron a José Julián a inicios de 1875. En la estación Buena Vista de Veracruz le esperaba su padre junto a Manuel Mercado, quien se convertiría en su discreto confidente de por vida.

Por entonces, el Licenciado en Leyes que le recibía y su familia vivían en las proximidades del Museo Nacional de Arqueología e Historia. En el entresuelo del edificio se instaló la humilde familia cubana que se dedicó a labores de sastrería, con ella intimó Mercado ante la sencillez de don Mariano y conoció por él la correspondencia del amado hijo que esperaban. Así se inició el acercamiento entre Martí y su futuro amigo en México.

Mercado presentó al cubano Pedro Santacilia el compatriota recién llegado y le facilitó entrar en el círculo literario de las publicaciones de la época para satisfacción de sus inquietudes espirituales además de las materiales para sobrevivir. El joven José Martí fue acogido con cordialidad en el México liberal cuando llegó huérfano de patria y se amparó en ella sin olvidar en su condición de huésped, una conducta discreta y prudente para dar a conocer la dramática situación de Cuba en los años 1875 a 1877 en que permaneció en el hermano país, pero lleno de preocupaciones políticas también abrazó la historia de la nación mexicana.

La Revista Universal conoció la excepcional maestría en que se movía la pluma martiana que no renunció al debate apasionado de todo tipo de tema, desde la política hasta el arte. En la publicación llenó muchos espacios con su propia identidad o bajo el pseudónimos de Orestes en los Boletines desde donde mostró un periodismo de tempranas aspiraciones americanistas y proféticas palabras sobre el futuro al que dedicó el bregar de su vida por la unidad de los pueblos del continente.

El también cubano Antonio Lescano coincidió con Martí en la Revista Universal, admiró su vasta erudición junto a los mexicanos Francisco Bulnes, Urtibi, el “humorista”, Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, ante los cuales presentó un estilo profesional de excepción para la época. El último de ellos, al comentar la frecuente presencia martiana en las páginas de la publicación en todas las temáticas posibles, afirmó que si la cuarta página dedicada a anuncios “si hubieran faltado éstos, Martí los hubiera redactado”. Entre los más jóvenes intelectuales mexicanos con quienes intimó Martí estaban Manuel Gutiérrez Nájera, Carlos Días Duffo, Justo Sierra y el pintor Manuel Ocaranza. También Manuel Flores, Justo Sierra y Juan de Dios Peza, un especial admirador del joven cubano que exaltó la claridad y elegancia de su palabra como inspiración vigorosa de una gran constancia para trabajar.

EL MAESTRO EN LA ALAMEDA CENTRAL

La Alameda Central de la capital mexicana fue refugio de Martí quien la consideró como un conjunto hermoso cuando era sorprendido en ella por la lluvia. Aquel fue el lugar preferido para sus caminatas bajo los árboles en contacto con la naturaleza. Por ese lugar caminó muchas veces junto al pintor Manuel Ocaranza y en compañía de Don Nicolás de Azcárate, exiliado por Tacón, a quien recordaba admirado por sus dotes desde sus años adolescentes en la cercanía de Rafael María de Mendive. Largas conversaciones y paseos a la sombra del paisaje profundizaron los vínculos entre el destacado abogado, colaborador sistemático de algunas publicaciones con quien luego trabajaría como pasante en su bufete en La Habana, al regresar a Cuba ambos, luego de la firma del Pacto del Zanjón.

Otros cubanos exiliados políticos en la hermana nación, se acercaron bajo las brisas de la tarde al intelectual reconocido rápidamente por su talento en medios culturales mexicanos. Entre ellos estaban Romero Cuyás, Domínguez Cowan y el poeta Alfredo Torroella. Jóvenes mexicanos también le conocieron e intimaron con él para intercambiar sobre la espiritualidad de sus respectivos pueblos a través de la palabra y el vuelo que se alcanzaba a través de la poesía.

Por el entorno del afamado verde pulmón citadino el joven periodista se paseó con la actriz Rosario de la Peña, de cuya belleza quedó prendado y le dedicó versos henchidos de pasión. Ella se dejó halagar pero quedó como una musa del poeta. Otro amor tempestuoso de Martí fue la mexicana Concha Padilla a cuya belleza se rindió ante el estreno de la comedia martiana Amor con amor se paga, en el teatro Principal. Pero en aquella sala se encontró con los ojos de una bella cubana que será en el futuro su compañía bajo los árboles en la Alameda Central: Carmen Zayas Bazán estará junto a él en ese lugar en las mañanas soleadas de los domingos. Hasta que un día salieron del matrimonio civil en la casa de Manuel Mercado para atravesar el paisaje urbano de México y unir sus vidas en la parroquia del Sagrario Metropolitano.

La pareja de Frida Kahlo y Diego Rivera tuvieron vínculos de estrecha admiración por Cuba y Martí a través de sus amigos los luchadores Julio Antonio Mella y su compañera Tina Modotti. El joven cubano fue retratado por Frida ante los murales de Diego. Él encabezó la marcha funeral luego del asesinato del joven Mella a manos de sicarios a sueldo del tirano cubano Gerardo Machado. Al encomendársele la realización del mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central no tuvo ninguna duda de colocar entre las imágenes imprescindibles los ojos soñadores del Maestro, que al despedirse de México aseguró: “Por serlo (hombre), me yergo contra toda coacción que me comprima; por serlo, me esclaviza y sacude cuanto sea otros hombres motivo de dolor. Y así, allá como aquí, donde yo no vaya como donde estoy, en tanto dure mi peregrinación por la ancha tierra, para la lisonja siempre extranjero para el peligro, siempre ciudadano”(1) (1)Extranjero, OC, t.6, Editorial Nacional, 1963, p.363

Fuente: cubaperiodistas.cu

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