Raúl Corrales: “Yo vestí a Jorge Negrete”

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Raúl Corrales

El fotógrafo cubano Raúl Corrales, cuando ni soñaba con servir de ojo a la historia de Cuba, fue valet del divo mexicano que a tantas mujeres hizo suspirar en Cuba.

«Tenía yo amistad con la famosa Blanquita Amaro y su esposo Osvaldo Villegas, quien se encargó de la visita de Jorge Negrete a Cuba en el año 1944, invitado por Radio Cadena Azul.

«Villegas me pide entonces que le sirva a Negrete de valet y yo acepto. Cuando me presentan al cantante mexicano él no pone objeción y, a partir de ahí, no solo fui el encargado de su vestuario, sino también su confidente y amigo».

Eso me lo contó, hace unos años, uno de los más grandes de la fotografía cubana, Raúl Corrales, mientras le hacía una entrevista de rutina en una de sus visitas a su terruño natal de Ciego de Ávila.

De manera que mi olfato para encontrar historias me hizo detener de inmediato aquel bojeo y concentrarme en el hallazgo, casi arqueológico, de una historia fuera del lente del arriesgado fotorreportero de las gloriosas batallas contra la invasión mercenaria a Playa Girón. Cambié de encuadre a mis preguntas y comencé a desentrañar aquel objeto extraño en su biografía. Así, su acostumbrado aire taciturno desperezó alas y dio paso a un diálogo encendido por cierta nostalgia.

«Era un tipo muy elegante y muy macho. Pero no un hombre bonitillo, sino de carácter, de complexión fuerte y voz muy atrayente, como se ve en sus películas. Por eso fue tan asediado por las mujeres. La ropa de mariachi solo la usaba en el escenario y era muy selectivo a la hora de escoger un traje.

«Recuerdo que en esos años pasó un ciclón por Cuba y Jorge, que estaba en Puerto Rico, al enterarse de la tragedia tomó un avión y vino para acá. Enseguida programó unos conciertos benéficos y, en esa ocasión, su club cubano de admiradores le regaló un traje que, en lugar de un águila mexicana en la espalda, tenía el escudo cubano bordado en hilo de plata. Al él le encantó y se lo puso al instante».

¿Caprichoso para el vestir, difícil de complacer?
No. Solo había que conocer sus gustos. Él salía del baño y tenías que tenerle la ropa lista. Yo conocía muy bien las combinaciones de colores que más le gustaban y eso facilitaba mi labor.

¿Preferencia por algún color?
Le fascinaban las corbatas rojas.

Toda abuela cubana suspiró, más de una vez, por Jorge Negrete. Y más de una soñó estar en sus brazos. Se cuentan muchas historias, unas ciertas y otras falsas. Las más osadas hablan de secuestros callejeros y portañuelas rotas…
Era un hombre terriblemente asediado por las mujeres. Muchas veces le serví de correo amoroso. Tú no puedes imaginarte, por un momento, lo popular que fue. La primera vez que vino se hospedó en el Nacional —que después nunca más quiso porque un hermano suyo cogió pulmonía en ese hotel—. Desde allí, por todo Malecón hasta el Teatro Nacional, hoy Gran Teatro de La Habana, hubo filas interminables de mujeres que, a su paso, le gritaban piropos y le tiraban flores.

«Después, en uno de sus viajes, salió en auto del hotel Sevilla —donde luego se hospedó siempre— y me pidió caminar unas cuadras antes de llegar al teatro. ¡Imagínate la calle de San Rafael llena de mujeres que andaban de compras! No dio ni diez pasos. Lo identificaron al instante y aquello fue pólvora. Tuvo que echar, como se dice, un patín con una turba femenina detrás. Lo que le salvó fue que la puerta trasera del teatro estaba abierta. ¡Que si no…!».

negrete_gloria-marin_1942¿Romántico?
¿Quién no lo iba a ser con una mujer tan hermosa como Gloria Marín en aquel entonces? Por cierto, era tan celosa que en el momento menos pensado tomaba un avión y se le aparecía en la misma puerta de la habitación del hotel preguntándole: ¿Con quién estás ahí dentro?

¿Eso le gustaba a Negrete?
¡Le ponía el hígado a la vinagreta, pero imagínate, él era un peligro permanente para cualquier mujer…!

¿Pesado, engreído?
No, jodedor. Tuvo instrucción militar. Pasó una academia durante la Segunda Guerra Mundial y fue capitán del ejército mexicano. Durante uno de los pases que le daban, él y un amigo se encontraron en plena ciudad a una muchacha hermosísima y comenzaron a seguirla. Resulta que era una «gata», como se les llama en México a las domésticas, que trabajaba en casa de un profesor de música.

«Al ellos irrumpir en la sala, sin más ni más, les salió el profesor al paso y preguntó qué buscaban. Inmediatamente, para disimular, dijeron que querían probarse la voz. El hombre comenzó a hacerles algunos ejercicios vocales y, al final, dijo: ‘Usted no sirve para el canto —refiriéndose a su amigo, y luego miró a Jorge—, pero usted puede llegar a ser un gran cantante si se lo propone’. Y así fue descubierto por puro azar».

¿Qué hacía el galán al salir del teatro?
Había estado en Cuba antes de ser famoso, porque trabajó en Nueva York con Eliseo Grenet y este le embulló a que conociera la Isla. Por esa razón, al terminar cada función, frecuentaba aquellos lugares de la primera vez: bares, cabarets, pequeños restaurantes, pero siempre bien tarde en la noche para no ser reconocido y gozar de cierta intimidad.

Dijo usted que luego del incidente con su hermano nunca más se hospedó en el Hotel Nacional. ¿Supersticioso?
¡Uf! Antes de salir a escena meditaba mucho en su camerino y luego se persignaba. Llevaba siempre consigo una bolsita de medallas donde convivían las imágenes de la Virgen del Carmen, la de la Caridad, la de Guadalupe… Jamás la soltaba.

«Recuerdo una vez en que la dejó olvidada yéndose a España. Me telefoneó de inmediato y pidió: ‘Corrales, búscala debajo de la tierra y envíamela urgente, que sin ella no puedo cantar’. Corrí entonces a la carpeta del hotel Sevilla y allí estaba, en un pantalón olvidado. Fui hasta el aeropuerto y se la di al capitán de una aeronave que volaba a Madrid. Para el hombre fue un honor llevar el encargo y me imagino que Jorge debió recompensarle muy bien porque era un hombre muy generoso. Luego volvió a llamar y me dijo: ‘Corrales, ¡ya estoy entero! ¡Tengo en mis manos la bolsa!».

Además de su asistente dice usted haber sido su amigo. ¿Hubo algún momento tenso, de discusión?
Nuestra relación era muy profunda. Tanto que en ocasiones me pedía consejos y, al llegar al camerino, siempre me entregaba envueltas en un pañuelo sus joyas y la billetera, que yo guardaba hasta que finalizaba la función.

«Pero una noche, al entregarle sus pertenencias, me dice: ‘Aquí falta el anillo del brillante’. Se me unió el cielo con la tierra, como se dice. ‘Ahí está lo que usted me dio’, le respondí. Y Jorge volvió a increparme: ‘¿Dónde lo metiste?’. Rojo como la grana, acusado de ladrón, le riposté: ‘Yo no tengo necesidad de eso. ¿Por qué habría de hacerlo ahora?’ Y se entabló una discusión muy fea.

«Villegas, que estaba presente y sabía de sus despistes, corrió al hotel y lo encontró en el lavabo de su habitación. Se lo entregó, y Jorge, lleno de vergüenza, me abrazó. Ese incidente nos hizo más amigos y nunca más desconfió de mí».

¿Y no le propuso irse con él?
¡Bah! ¡Montón de veces! Quería que le acompañara en todas sus presentaciones. Tal vez porque me veía como su otro amuleto. Quiso llevarme a vivir a España, y a México para que yo estudiara. Pero yo era menor de edad, tenía solo 16 años, y mi madre se negó.

¿Existe alguna foto de usted con él?
En aquel tiempo yo ni soñaba con ser fotógrafo. Mi trabajo era en la oscuridad del camerino, entre bambalinas. ¡Si llego a tener conciencia de su valor claro que me retrato cientos de veces!

Entonces tengo que creerle por lo que me cuenta— le pregunté socarrón y provocativo y, achicando los ojos, me quiso fulminar con su mirada.
Yo habré hecho, más de una vez, una mala fotografía, pero nunca he sido mentiroso. No me gusta fantasear. No me gusta poner una palabra de más o de menos en lo que digo. Así que si te interesa esta historia me tienes que creer.

¿Qué sintió usted el día de su muerte?
¡Un dolor anginoso muy grande! Sabía que ya él venía sintiéndose mal y esperaba lo peor. Su muerte fue un golpe terrible para Cuba, como lo fue para el mundo entero. Cuando supe la noticia, a pesar de estar casado en ese momento con María Félix, me dije: «A Jorge no lo mató la cirrosis hepática. Lo mató su desmedido amor por Gloria Marín»

Fuente: http://www.radiolaprimerisima.com/

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