Sabías que

Vínculos de Cuba y México

Cuba en Ignacio Rodríguez Galván

A Mireya, mi madre mexicana
A Jesús, mi padre cubano   

Por Mireya Cabrera Galán

Ignacio Rodríguez Galván
Ignacio Rodríguez Galván

La Epístola a Ignacio Rodríguez Galván es unánimemente aclamada por los estudiosos de la literatura cubana como una de las composiciones líricas más emblemáticas del poeta y dramaturgo José Jacinto Milanés y Fuentes (Matanzas, 16/8/1814-Ídem, 14/11/1863) (1). Poco se conoce, sin embargo en torno a Ignacio Rodríguez Galván, la figura que motivó esos versos de luminoso fervor patriótico. Eran ellos la respuesta a una composición que el escritor mexicano dirigiera al autor de La madrugada, el 22 de julio de 1842, y en la que junto al elogio sincero Rodríguez Galván, que acababa de leer El Conde Alarcos, exhorta a Milanés a buscar tierras más apropiadas para su canto. El tono laudatorio de Rodríguez conmovió resortes poco conocidos en la poética del cubano, quien por un lado agradece y por otro muestra sus inclinaciones políticas y su posición de permanecer en la isla que lo vio nacer. La fuerza y la belleza de esta “respuesta” fue advertida entonces por todos los que tuvieron la oportunidad de leerla, coadyuvando la epístola a consolidar la popularidad del escritor.

Era una invitación /…/ a abandonar la isla esclava en busca de aires más libres que proporcionarán ambiente más propicio al germen de la poesía. Pepe, agradecido, leyó con detenimiento aquellos versos bienintencionados y meditó seriamente sobre el contenido del mensaje. Después con firme e inequívoca decisión, escribió /…/ la Epístola a Ignacio Rodríguez Galván. /…/

En su composición -suave y pausada al principio- José Jacinto da las gracias al mexicano por sus elogios respecto a /su drama/ El Conde Alarcos. Las primeras estrofas, delicadas y serenas, no parecen presagiar entonces la violencia rítmica de los versos subsiguientes. Más de pronto se produce la irrupción repentina de nuevas ideas, candentes y certeras, que dan a la poesía un tono de fuego abierto, de himno esperado, de multitud agitada, que habla por boca de un hombre solo, pero alerta a sus deberes. (2)

Sin frases encubiertas, el bardo declara su amor por Cuba y los vínculos que a ella lo unen irrevocablemente.

José Jacinto Milanés
José Jacinto Milanés

/…/

Hijo de Cuba soy: a ella me liga
un destino potente, incontrastable
con ella voy, forzoso es que la siga
por una senda horrible o agradable.

Con ella voy sin rémora, ni traba,
ya muerda el yugo o la venganza vibre.
Con ella iré, mientras la llore esclava,
con ella iré cuando la cante libre…

Buscando el puerto, en noche procelosa,
puedo morir en la difícil vía
mas siempre voy contigo, !oh Cuba hermosa!
y apoyado al timón espero el día.  (3)

 

Muy divulgado ha sido el hecho de que Milanés se alejó de la vida literaria y pública de la isla en la plenitud de su creación, la cual tuvo su etapa más fecunda entre 1835 y 1842, si bien sus versos iniciales datan de principios de la década de 1830, aproximadamente. Suele subrayarse como motivo de su aislamiento voluntario el estado de alienación en que quedó, tras la obligada renuncia a su amor por Isabel de Ximeno y Fuentes (Matanzas, 27/9/1828-21/6/1897). Esta unión, a semejanza de los más edulcorantes dramas románticos, estaba destinada a fracasar. Y no solamente por las “diferencias” generacionales existentes entre el escritor y el sujeto de su desamor, sino, y sobre todo, por la abismal distancia que se tendía entre el humilde origen de aquel y el de la prima adolescente, cuyo poderoso padre se opuso a cualquier tipo de enlace sentimental. Pero ¿correspondía “Isa” al amor que por ella profesaba José Jacinto? Esta es una realidad que todavía se ignora, lo curioso es que ella no contrajera matrimonio, sino dos décadas más tarde, un año antes de la muerte del poeta. (4)

A este capítulo de la vida del escritor se le ha conferido una importancia, tal vez exacerbada, en relación con otros sucesos y personajes que motivaron algunas de sus composiciones más sobresalientes. Tal es el caso de la citada epístola, donde en desbordante cubanía, Milanés canta a la patria y sueña su libertad.

Rodríguez Galván en la literatura mexicana

Cuando Rodríguez Galván (5) arriba al puerto habanero a bordo del vapor “Teviot”, procedente de Veracruz, lo hace como una de las figuras más importantes de las letras mexicanas de la época, conjuntamente con el respetado Andrés Quintana Roo (1787-1851) (6), José Joaquín Pesado (1801-1861), Manuel Payno (1810-1894), Guillermo Prieto (1818-1897) e Ignacio Ramírez, “el Nigromante” (1818-1879), quien, a semejanza de Payno y de otros colegas combinó sus actividades políticas con la escritura, protagonizando Ramírez una importante carrera desde su posición de liberal, abogando por reformas de tipo económico, religioso y político.(7)

Reconocido como el primer escritor del México independiente, Rodríguez Galván llegó a ser la encarnación misma del romanticismo, dentro del cual se considera el primer representante en su país. En relación con el lugar que ocupa en la literatura romántica, así como en otros aspectos que signaron su existencia, pueden percibirse nexos de interés entre él y su homólogo cubano. Humilde cuna, formación autodidacta, lectura insaciable de los clásicos españoles y de autores franceses e italianos contemporáneos, dominio de varios idiomas, amores no correspondidos, ciertas circunstancias favorecedoras del ingenio creativo y la legitimación en vida de una producción literaria, cuyos valores trascienden hasta hoy, son solo algunas de  las “coincidencias” entre uno y otro escritor.

Descendiente de padres de origen campesino (José Simón Rodríguez Maldonado y María Ignacia Galván Rivera), Ignacio Rodríguez Galván había nacido el 22 de marzo de 1816 en Tizayuca, estado de Hidalgo. (Dos años antes José Jacinto Milanés vio la luz primera en la provinciana y entonces próspera ciudad de Matanzas.) Tras la presumible muerte de su madre, se muda –junto a su hermano Antonio, al parecer– para la capital, en 1825. A sus once años, los días comienzan a transcurrir en medio de un ambiente alentador para la reafirmación de sus innatas facultades literarias. Reside en casa de su tío materno Mariano Galván Rivera (1782-1876), impresor, librero y propietario de la concurrida Librería Galván, que se hallaba emplazada en las cercanías de la Plaza Mayor o Zócalo, en el Portal de los Agustinos, No. 3 (actual 16 de Septiembre y Palma).

Personaje controvertido, el tío Galván Rivera -políticamente afiliado al conservadurismo- realizó grandes empresas en el ámbito de la impresión. Entre las numerosas y valiosas obras que salieron de su imprenta se destacan el Calendario Galván (1826), la Sagrada Biblia (1831), editada en latín y en español; El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1833), dos periódicos liberales dirigidos por José María Luis Mora y la novela satírica El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández Lizardi (1830-1842), quien es reconocido como el precursor del romanticismo en México y el fundador de la novela en Hispanoamérica.

Hombre de impecable oficio, Galván Rivera mandó a imprimir algunas de estas obras en París y Nueva York, iniciativas que contribuyeron a la decadencia de su negocio, hacia 1842. (8) Lo cierto es que el ambiente de aquella casa favoreció el carácter e inclinaciones de Ignacio. El tío convocaba, con frecuencia, a tertulias literarias a las que asistían aquellos escritores que precedieron la inauguración de la Academia de Letrán, llamada así porque sus miembros iniciales (algunos ya citados) solían reunirse en una de las habitaciones del amplísimo y para entonces en ruinas Colegio de Letrán, con el fin de leer y criticar sus respetivas producciones literarias.(9) De tal forma se fue forjando el alma poética del joven, entre libros y anaqueles y escuchando las voces de algunos de los más notables hombres de letras del país.

Por estos años además de trabajar como dependiente de la librería Ignacio aprende, de forma autodidacta, latín, francés e italiano. Con dotes indiscutibles para la escritura, comienza a transitar por los más diversos géneros, destacándose a una vez como poeta, narrador, dramaturgo, periodista y editor. Entre sus composiciones líricas son muy estimables La profecía de Guatimoc, A la muerte de un amigo y Adiós, oh patria mía. Como narrador escribió, entre otras, La hija del oidor  y Manolito, el pisaverde, que es considerada una de las primeras novelas cortas de México.

Aclamado como el primer dramaturgo romántico de su país (él y Manuel Eduardo Gorostiza fueron los primeros autores teatrales del México republicano) de igual forma sobresalen sus piezas teatrales inspiradas en leyendas y tradiciones de la época colonial, insufladas todas de un profundo aliento nacionalista. Se destacan al respecto Muñoz, el visitador de México y El Privado del Virrey, escenificada la primera en el emblemático teatro Principal de la capital, en septiembre de 1838. Coincidentemente el mismo mes y año Milanés estrena en el gran Teatro Tacón de La Habana El Conde Alarcos, el drama que lo legitimó como el paladín de la escena romántica en Cuba.

Soledad_Cordero
Soledad Cordero

Es muy probable que el día del estreno estuviera presente Soledad Cordero (10) una de las actrices más aclamadas del Principal, la misma que en abril de 1842 integrará el elenco de El Privado del Virrey.  El dramaturgo la observa en los ensayos y durante las representaciones. Se aproxima a ella, pero la poesía que nace de sus labios no persuade a la artista de aceptar la pasión que le declara. Este rechazo sentimental y la aversión que le provocaba el desgobierno de Antonio López de Santa Ana serán motivos propiciadores de una parte considerable de su obra y marcarán definitivamente el rumbo de su vida, signado por la melancolía y por su refugio en la pluma, cómplice y amiga.

A lo anterior habría que añadir la encomiable labor periodística del autor mexicano, comparada únicamente con la protagonizada por el abogado, poeta, dramaturgo, periodista, editor, orador, crítico y traductor cubano José María Heredia (Santiago de Cuba, 31/12/1803-Ciudad México, 7/5/1839) (11). El autor de Himno del desterrado fue director y redactor de varias publicaciones, entre las que se distinguió El Iris, que administró conjuntamente con los italianos Claudio Linati y Florencio Galli, introductores de la litografía en México. Estimada la primera revista literaria del país, El iris fue editada entre febrero y agosto de 1826, llegando a la suma considerable de cuarenta números publicados. Contenía secciones de música, literatura, teatro, artículos de moda, biografías, cuadros de costumbres, comentarios sobre estrenos teatrales de la capital mexicana, entre otros. La mayoría de los artículos estaban firmados por el cubano, gracias a sus dilatados conocimientos y a su dominio del inglés, el francés, el italiano y otros idiomas. Su interés se focalizó en las poéticas de escritores franceses, ingleses (traduce a Byron) y alemanes, resultando un tanto paradójica la no inclusión de autores mexicanos con la excepción de Joaquín María del Castillo y Lanzas, a cuyo libro Poesías dedicó Heredia un comentario.

La huella de Heredia en el periodismo cubano y, particularmente en el mexicano fue fundamental. Otra de las revistas que dirigió, ya en medio de su padecimiento, fue Minerva (1829-1830 y 1831-1832), que a semejanza de su predecesora también se ocupó de varios géneros y temas. Fue en ella donde publicó, además de sus excelentes artículos literarios, históricos y filosóficos, la pieza teatral Los romanos y su Ensayo sobre la novela. Por la agudeza y valores de este texto, los estudiosos de su obra lo han rubricado como el  precursor de la crítica literaria en Hispanoamérica.

José María Heredia
José María Heredia

Su fecunda labor contribuyó a divulgar la obra de numerosos escritores y a formar un gusto refinado, si se quiere, en torno a la literatura. Si bien México llegó a ser su segunda patria, el recuerdo de Cuba no lo abandonó durante los cerca de veinte años que permaneció en la vecina República. Consagrado primero como romántico y, posteriormente como neoclásico, legó al continente un patrimonio literario, cuyo significado trasciende hasta hoy.

Resulta difícil establecer la verdad en torno a la amistad que debió forjarse entre el primer poeta cubano y Rodríguez Galván, aunque algunos autores se atreven a confirmarla. Es indudable, sin embargo, que Heredia -iniciador del romanticismo en Hispanoamérica  ejerció una gran influencia en la obra de Ignacio y en la de todos los poetas mexicanos de su generación. Y es justamente a través del contacto con la lírica herediana que se inicia el contacto de Rodríguez Galván con Cuba y sus letras.

El vínculo de ambos cantores pudo gestarse a través de la Librería Galván, adonde se asegura acudía el cubano en busca de algún nuevo libro o quizás del simple disfrute que los escritores experimentan al sentir el aroma peculiar de la letra impresa. No pocos de los contemporáneos del autor de Adiós, oh patria mía, aseguraron que en sus días postreros, el entonces ya frágil Heredia visitaba la librería para intercambiar con Ignacio. Pudo haber cuajado también esta simpatía en el contexto de la Academia de Letrán; allí el cubano era ni más ni menos que el paradigma de aquellos poetas nuevos y también de los más maduros y experimentados, que veían en él una suerte de fundador y de orgullo intelectual de la nación. El viejo y legendario Quintana Roo era su gran amigo y no es desconocido que Heredia admiraba el verso de Pesado, a quien bautizó con el sobrenombre de “el cisne de Orizaba”.

El estudioso Marco Antonio Campos investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Autónoma de México (UNAM) asegura que de todos los escritores mexicanos de la época, Heredia debió sentirse más próximo a Rodríguez Galván. Y como prueba de la aseveración señala, además de los encuentros en la librería, algunos hechos a tener en cuenta. Así por ejemplo, cita la inclusión en el número 7 de El Recreo de las familias, (publicado por Rodríguez Galván) de los poemas de Heredia La desesperación y Dios al hombre. Por otra parte, es sintomático que en varios títulos del mexicano se mencione el nombre y la aureola de Heredia. Por último, resulta significativo que Rodríguez Galván le confié la nota introductoria de El Año Nuevo de 1839. Redactada un mes antes de su muerte, Heredia analiza virtudes y defectos del Anuario, así como varios textos de Rodríguez Galván, a quien dedica casi todas sus reflexiones, aconsejándole que rehúya de ciertos vicios del romanticismo. (12)

Como colofón de lo que pudo ser esta amistad vital perduran los versos La primera vez, escritos por Rodríguez Galván en noviembre de 1840, al año siguiente de la muerte del cantor de Al Niagara.

Ya tendido expirando en lecho duro
De escarnio soy y lástima el objeto;
Ya entra de Heredia el pálido esqueleto
En mi oscura mansión.

En vida y muerte, oh vate, infeliz fuiste;
Si en tu existir tocaste sólo abrojos,
Con muertos ignorados tus despojos
Yo confundidos vi.

Tú predijiste mi miseria cuando
En mi mano sentí tu mano ardiente;
Si no heredé tu númen elocuente,
Tú mala estrella sí. (13)

La trayectoria de Rodríguez como editor, redactor y fundador de importantes publicaciones fue, indudablemente, una de las tantas razones que acercaron a este y a Heredia. Su labor dentro del periodismo de su país fue desarrollada al calor de la Academia de Letrán, en cuya evolución se estima una figura clave por todo cuanto legó al universo literario de la naciente nación. En poco tiempo fundó, editó y dirigió varias publicaciones, entre las que sobresalen Calendario de las Señoritas Mexicanas, los ya citados El Año Nuevo y El Recreo de las Familias, revista quincenal de la que solo pudieron imprimirse doce números. Asimismo colaboró con la redacción de del Diario del Gobierno, donde asumió la redacción de la Sección Literaria.

El Año Nuevo fue, como se ha señalado, un anuario, creado, solventado y dirigido por él. Fue publicado entre 1837 y 1840 y sus páginas contienen poemas, cuentos, novelas cortas, dramas, ensayos, artículos y comentarios de los miembros de la academia; constituyendo en conjunto un valioso compendio del patrimonio literario de la nación. Ente sus más asiduos colaboradores resaltan el propio Rodríguez Galván y José Joaquín Pesado. (14) “Sin El Año Nuevo y /…/ El Recreo de las familias no sabríamos que escribían en los años treinta casi todos los importantes y casi todos los mediocres escritores de la Academia”, ha afirmado Marco Antonio Campos en su exhaustivo estudio sobre esta institución. (15)  

A Rodríguez Galván le tocó vivir una época difícil para su país. Eran tiempos de reacomodamientos políticos y sociales y de gobiernos que se alejaron a menudo del ideal de República soberana al que aspiraba México luego de los años de desgaste en el campo de batalla.  Pero ninguno de los mandatos de la época le fue tan poco grato al poeta como el del dictador Antonio López de Santa Ana (Xalapa, 1794 – Ciudad de México, 1876), quien tras un primer periodo presidencial fue reelecto innumerables ocasiones, deviniendo un dictador. Su paso por la política del país fue de los más controvertidos y polémicos. Apoyado en sus éxitos militares precedentes actuó con mano dura y estableció un gobierno totalitario que coqueteaba con las ambiciones norteamericanas de apropiarse de los territorios norteños de la república, lo cual terminó por materializarse a cambio de una suma irrisoria de capital y para desconcierto de todos los que lucharon por un México unificado e independiente.

Tales luchas por el poder y el retorno (con algunas excepciones) una y otra vez de Santa Ana a la silla presidencial constituyeron el contexto político social en que se desenvolvió Rodríguez Galván. No es casual que -en correspondencia con sus ideas- escriba numerosos poemas con el asunto de la patria y que más de la mitad de su obra esté inspirada en ese amor mayor que es el que se profesa por la Madre-Nación. La visión de Moctezuma, El soldado ausente son algunos de los títulos que connotan su apego por la temática, de igual forma que La Profecía de Guatimoc, “obra maestra del romanticismo mexicano”, tal como la calificara Menéndez y Pelayo:

…¡Qué dulce, qué sublime
es el silencio que me cerca en torno!
¡Oh cómo es grato a mi dolor el rayo
de moribunda luna, que halagando
está mi yerta faz! Quizá me escuchan
las sombras venerandas de los reyes
que dominaron el Anáhuac, presa
hoy de las aves de rapiña y lobos
que ya su seno y corazón desgarran.
¡Oh varón inmortal! ¡oh rey potente!
Guatimoc valeroso y desgraciado,
si quebrantar las puertas del sepulcro
te es dado acaso ¡ven! Oye mi acento,
contemplar quiero tu guerrera frente,
quiero escuchar tu voz…

/…/

– Ya mi siglo pasó. Mi pueblo todo
jamás elevará la oscura frente
hundida ahora en asqueroso lodo.
Ya mi siglo pasó. Del mar de Oriente
nueva familia de distinto idioma,
de distintas costumbres y semblantes,
en hora de dolor al puerto asoma;
y asolando mi reino, nuevo reino
sobre sus ruinas míseras levanta.
Y cayó para siempre el mexicano,
y ahora imprime en mi ciudad la planta
el hijo del soberbio castellano.
Ya mi siglo pasó. (16)

El término nación aparece en algunos poemas de Rodríguez como abierta alusión no ya únicamente al lugar donde nació, sino a su naturaleza, al pasado indígena y a sus grandes mitos, a las costumbres populares y a un estado con identidad propia. Pero, defraudado no puede evitar señalar la farsa que encarnaron tras la independencia políticos como Santa Ana.

Por ejemplo en “Bailad, bailad” (1841), Rodríguez Galván hace una dura crítica, con visos de sarcasmo e ironía, a Antonio López de Santa Ana, dictador de México de manera intermitente durante los años treinta y cuarenta. El hablante se queja, pues mientras “que llora/ el pueblo dolorido”, Santa Ana y sus amigos se divierten en bailes y comilonas, descuidando incluso las fronteras geográficas del territorio mexicano. El poema también incluye advertencias del “invasor astuto” que avanza en Texas y de Europa, que cual tigre nos acecha. (17)

Dos patrias tengo yo Cuba y la noche

La vida de Rodríguez Galván fue una extensión de su credo romántico. Se le describe como un hombre triste, melancólico, dado a sus pensamientos y poco afortunado en amores. Recuérdese que había sido rechazado por la actriz Soledad Cordero, circunstancia que provocó en él una profunda desazón. Su incapacidad para sostener la negativa de la joven lo impulsó a solicitar al Ministro de Guerra José María Tornel, protector de muchos artistas y su amigo personal un puesto que lo alejara de inmediato de su México entrañable. Es así que se enrola en una misión diplomática extraordinaria dirigida a Venezuela y a cuyo frente iba Manuel Crescencio Rejón, Ministro Plenipotenciario.

Aceptada la petición parte a la misión  no sin antes hacer una parada de varios días (cerca de dos meses) en La Habana. Durante el viaje escribe Adiós, oh patria mía, dedicada “A mis amigos de México”. Ignoraba el bardo que se estaba despidiendo para siempre de su tierra natal.

Alegre el marinero
en voz pausada canta,
y el ancla ya levanta
con extraño rumor.

De la cadena al ruido
me agita pena impía.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

/…/

Sentado yo en la popa
contemplo el mar inmenso,
y en mi desdicha pienso
y en mi tenaz dolor.

A ti mi suerte entrego,
a ti, Virgen María.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

/…/

¡En México!… ¡Oh memoria!…
¿Cuándo tu rico suelo
y a tu azulado cielo
veré, triste cantor?

Sin ti, cólera y tedio
me causa la alegría.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor. /…/ (18)

Al desembarcar en la capital cubana a inicios del mes de junio aproximadamente, lo esperaban varios intelectuales, conocedores de su obra y de su gloria. Intercambia con ellos y se establece en el Hotel Francés, emplazado en la calle Teniente Rey y ya desaparecido. Durante aquellos días en la capital caribeña llevó un ritmo de vida desmedido que no era más que la consecuencia de sus decepciones y sentimientos encontrados, ello unido a las altas temperaturas del trópico fueron menguando su salud. Tuvo tiempo, sin embrago, de conocer acerca de la intelectualidad cubana y de sus máximos representantes, muchos de los cuales lo acogieron como el prolífico hombre de letras que era.

Habana-paseo de Paula

Una vez relacionado con estos –escritores y admiradores de Milanés, la mayoría–, supo del éxito que este gozaba como dramaturgo, un éxito semejante al que él había alcanzado en México, donde fuera legitimado como el autor más importante del teatro romántico. Por este tiempo El Conde Alarcos ya se había estado representando en el teatro Principal de Matanzas, con igual triunfo que el que obtuviera durante su estreno, en 1838, en la capital. Otras piezas dramáticas del yumurino (Un poeta en la corte, El Mirón Cubano, Una entrega paternal) harían las delicias del público cubano aficionado a la escena.

Pronto debió llegar a manos de Rodríguez Galván parte de la amplia creación literaria del matancero, pues su impresión sobre este fue tan profunda que  lo motivó a escribir Al Sr. D. José Jacinto Milanés después de la lectura de “El Conde Alarcos”. En el ambiente de su hogar, José Jacinto, que ya conocía por los diarios de la estancia de Ignacio en La Habana, lee minuciosamente. Percibe de inmediato el afecto y la emoción que el poeta amigo había vertido en aquellos versos exaltados que le llegan a lo más hondo. Sobrecogido, agradece el gesto escribiendo la ya citada Epístola a Ignacio Rodríguez Galván, ese canto inesperado y henchido de patriotismo que llegaría a erigirse en uno de sus títulos más antologados.

Por esos días Rodríguez se había contagiado con la fiebre amarilla y luchaba por su sobrevivencia en la habitación del hotel. La bellísima Epístola de Milanés nunca pudo llegar a sus manos. (19) Enterado de su delicado estado de salud, el abogado y erudito Antonio Bachiller y Morales (1812-1889) lo trasladó a su residencia, en las afueras de la bulliciosa Habana, donde el clima y el ambiente eran más confortables. Creador fecundo, Bachiller era uno de los intelectuales más destacados del país, al que legó una obra multifacética en los campos de la historia, la arqueología, la pedagogía, el periodismo y la bibliografía, entre otros.

Antonio Bachiller y Morales
Antonio Bachiller y Morales

Allí, en el ambiente acogedor de su hogar protegió a Ignacio como a un hermano, procurándole todos los cuidados médicos y sanitarios. Presa de la fiebre, los remedios no pudieron contrarrestar las secuelas de la enfermedad y el joven escritor murió a los 26 años, el 25 de julio de aquel 1842. Su cuerpo fue depositado en el sepulcro de la familia Bachiller, en el cementerio Espada, a donde asistieron para despedirlo intelectuales, amigos y simpatizantes. La partida de defunción consta en el libro 19 de Entierros de Españoles de la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad de La Habana, donde debieron realizarse los servicios fúnebres.

“México ha perdido a uno de sus más grandes poetas, de no haber muerto tan joven, hubiera sido el William Shakespeare de América”, escribió su coterráneo y amigo Manuel Payno, cuando en 1845 visitó La Habana con el afán de hallar una versión detallada de los hechos. Acude a la tumba del buen Ignacio y extrae conclusiones de sus diálogos con intelectuales habaneros que lo enteraron de las circunstancias reales de la muerte de su cofrade. Estos testimonios resumidos por su “voz” aparecieron bajo el título de Fragmentos de viaje a La Habana. En ellos expresó con orgullo, no exento de nostalgia:

Nuestro poeta, y mi amigo Ignacio Rodríguez, duerme el sueño  eterno en este cementerio (de la Habana, construido por los años de  1804 y 1806 por el obispo Espada). Bachiller, ese joven excelente que  le dio hospitalidad en vida, se la dio también después de su muerte,  colocándolo en el sepulcro de su familia; pues de otra manera los  restos de Rodríguez habrían sido exhumados y confundidos en los altos  osarios que hay en cada ángulo del cementerio.  /…/

Mas volviendo a Rodríguez: en medio de la gran desgracia que  sufrió, no de morir, pues esto en algunas situaciones de la vida es un  bien, sino de morir en tierra extranjera, careciendo de todas esas  afecciones de amistad y de familia, que se avivan más cuando uno va a  dejarlas para siempre, me consoló muchísimo el saber que su muerte fue  un día de duelo y de lágrimas para esta sensible y buena juventud de  La Habana. Rodríguez, quizá cansado de la vida, presa de esos  indefinibles sufrimientos morales que nos hacen odiar la existencia,  hacía lo que verdaderamente pueden llamarse locuras. Comía con exceso,  bebía vino, se asoleaba, se bañaba en horas desusadas, esto en un clima  como el de La Habana y en el mes de julio, le produjo un vómito prieto  terrible. Fue atacado en la misma posada, en el mismo cuarto, y quizá  en el mismo lecho donde yo duermo (calle del teniente del Rey, Hotel  Francés). Rodríguez en su enfermedad fue visitado por todos los jóvenes de la Habana y por multitud de personas, y si no miró en sus últimos momentos a sus amigos de México y a su familia, si vio que su genio y su excelente corazón le habían granjeado vivas y sinceras simpatías

/…/Rodríguez, por su comportamiento moderado y fino, su buen talento  y su generosa alma, se granjeó en pocos días simpatías de cuantos lo  conocieron, y aún hoy se conserva su memoria fresca y viva como si  acabase de morir; y es un título que recomienda, el haber sido su  amigo y su compañero en tareas literarias. He aquí uno de los pocos  jóvenes mexicanos que verdaderamente han honrado a su país en el  extranjero. Justo es, que aunque sea por compensación, honremos  también su memoria, y lloremos su fin desgraciado y
prematuro.  Habana, 1845 (20)

En El Faro industrial, una de las publicaciones literarias más importantes de La Habana, fue publicada una nota necrológica, cuyo contenido expresaba los afectos multiplicados que el mexicano, paradigma de escritor y de humildad, suscitó entre la joven intelectualidad cubana.

Si Cuba te ha abierto un sepulcro, tus amigos, tus desconsolados amigos, derraman sobre tu losa el llanto eterno de su dolor /…/ Séante /sic/ellas tan propicias como cordial fue nuestro amor; pura, fraternal nuestra acogida.

Apenas pisaste nuestras playas y tuviste numerosos amigos, apenas se abrieron tus labios, apenas se oyeron tus palabras, se reflejaron en ellas la generosidad de tu alma, el noble ardimiento de tu corazón. Nosotros que te conocimos te lloramos: nosotros que presenciamos las últimas agonías de tu vida, de esa vida agitada y borrascosa, daremos  a conocer tus obras, y nuestras lágrimas no serán estériles, si con el aplauso de tus virtudes encuentras en el hombre bueno el sentimiento de tu  pérdida prematura. (21)

La prematura partida de Rodríguez Galván fue considerada una gran pérdida para las letras mexicanas. Tras ella su hermano Antonio recopiló y editó, en 1851, sus Obras Completas. Publicadas en dos tomos, las mismas contienen su obra lírica y solo dos piezas teatrales, mientas que por razones desconocidas se excluyeron los cuentos, las traducciones y los artículos. Fueron reeditadas en 1876 y 1883.

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Fecundo, sincero y manifiestamente romántico, Rodríguez Galván es una de las figuras fundacionales de la literatura del México independiente. A través de su pluma defendió sus raíces y la historia y sensibilidad de un pueblo, cuya identidad e historia integran el rico acervo literario de quien fuera uno de sus mejores hombres de pensamiento. Cuba estuvo presente en su vida y en su obra misma, a través del contacto, más o menos directo, con tres personalidades fundamentales de la cultura insular decimonónica: Heredia, Milanés y Bachiller y Morales, así como de un sinnúmero de poetas anónimos que tocaron su vida para enriquecerla y viceversa.

En el escaso tiempo que permaneció en La Habana se ganó el respeto de toda la juventud ilustrada que, consciente de su influjo, acudió de inmediato a su encuentro. Hoy, a casi doscientos años de su nacimiento concluimos esta semblanza con el poema que le dedicara a Milanés el 4 de julio de 1842,  tras hallar en la obra del matancero el eco reconocible de su propia voz.

Significados varios confluyen en esta “carta” escrita en verso. La composición es una de las últimas creadas por el autor mexicano, quien expresa con lucidez meridiana la trascendencia de El Conde Alarcos, exaltando más allá del drama la incuestionable capacidad creativa de su autor. Rodríguez no soslaya, por el contrario, las contradicciones políticas y sociales de su tiempo, tanto para México, como para Cuba y es por ello que sugiere a Milanés la búsqueda de una suerte, diferente a la de Heredia. Amargura personal, admiración declarada por la pluma del matancero, pinceladas de la época y juicios críticos confluyen en esta obra que ha de permanecer como uno de las valoraciones más atendibles en torno a la poética del autor de La fuga de la tórtola.

                   Al Sr. D. José Jacinto Milanés después de la lectura de “El Conde Alarcos”

Alarcos infeliz! vano es tu ruego,
vanos son tus lamentos…¿Por qué lloras?
No encontrarás la compasión que imploras,
Y tú esposa inocente, ha de morir.

Huye con tu Leonor, desventurado,
ó al menos por piedad, sella la boca;
rompe, destroza la terrible toca,
que aliento falta ya para sufrir.

Rueda en el cielo tempestad sombría
el viento cruza embravecido y zumba,
y el rayo destructor brilla y retumba
al compás de la voz del trovador.
Tú fuiste criminal,- y tu destino
con sangre de Leonor será sellado,
que al ángel de la muerte has convidado
en aquella tu cena de terror.

¡Grato poder del inspirado genio!
¡encanto sin igual de la poesía,
que el alma aduerme en blanda melodía,
y es dulce la inquietud del corazón!
Prosigue, Milanés, tú que conoces,
ese lenguaje mágico del cielo,
sigue, y serás en tu atrevido vuelo
de tu risueña Cuba admiración.

Más huye á donde entronizado ondea
de libertad el estandarte al viento,
que de tiranos el impuro aliento
al genio daña, y lo marchita en flor,
No empero toques las sangrientas playas
do la discordia lanza horrendo grito
ni mucho menos el país maldito
que á Heredia fue de luto y de dolor.

Que allí tiranos ves.- Y o bien te arrastras
en el umbral de estúpido magnate,
ó bien adulas miserable vate,
a un pueblo corrompido y sin pudor.
Y ni el consuelo de llorar te queda,
que á risa moverá tu triste llanto,
y si retruenas en tremendo canto,
serás victima oscura de tu honor.

Jamás olvidará tus dulces trovas
quien hoy te escribe, á ti desconocido,
y, el corazón, de lágrimas henchido,
estará siempre atento á tu cantar.
Eco hallaron tus versos en el pecho
del que seguirte en su poder no cabe.
más, si elevar la voz, cual tú, no sabe
sabe al menos sentir, sabe llorar.

Citas y notas

  1. La poética de José Jacinto Milanés ha sido objeto de minuciosos estudios, entre los que se destacan los que le dedicara Pedro José Guiteras, Salvador Arias, Salvador Bueno y Urbano Martínez Carmenate, autor de la más documentada biografía del poeta, reeditada recientemente.
  2. Urbano Martínez Carmenate. José Jacinto Milanés. Ediciones Unión. La Habana. 1989. p. 199.
  3. José Jacinto Milanés. Obras Completas. Editora del Consejo Nacional de Cultura. La Habana, 1963. pp. 344-346
  4. El 15 de marzo de 1862 Isabel de Ximeno y Fuentes contrajo matrimonio con Manuel Mahy León, quien era natural de Puebla de los Ángeles, México. Según Francisco Xavier de Santa Cruz en su Historia de familias cubanas, el acaudalado Mahy poseía entre sus varios títulos y cargos los de Administrador Principal de Correos de la ciudad de Matanzas, vicepresidente de la Diputación Provincial, Comendador de las órdenes de Isabel La Católica y Carlos III y el de Caballero de la Orden Militar San Juan de Jerusalén. Era propietario además de un ingenio y de varios inmuebles en distintos puntos de la zona. Este matrimonio tuvo por descendencia una hija, Isabel Carmen Caridad Mahy Ximeno, según consta en el archivo de la Catedral San Carlos de Matanzas.
  5. Ver del poeta y ensayista Jorge Contreras Herrera su documentada reseña “Ignacio Rodríguez Galván: algunos acercamientos”. Consultada en: www.circulodepoesia.com
  6. Andrés Quintana Roo era muy venerado por la hornada de jóvenes escritores, quienes no solo lo admiraban como escritor, sino de forma especial por su vínculo estrecho con la historia de México, en particular con las luchas independentistas y con algunas de sus figuras más notables como José María Morelos o Leona Vicario. Fue además periodista, diplomático y senador.
  7. Todos estos autores son estimados figuras fundacionales de la literatura mexicana. Con ellos coincidió Rodríguez Galván en la Academia de Letrán.
  8. Además de la crisis económica, diversas circunstancias coadyuvaron al ocaso de la imprenta de Galván. Así, en 1842, traspasó la librería al bibliógrafo José María Andrade y la imprenta a Vicente García Torres. No obstante, el mismo año abrió otro establecimiento de libros, en la casa número 7 del Portal de Mercaderes. Ver “Ignacio Galván Rivera”. En: mexico-tenoch.com
  9. Fundada el 11 de junio de 1836, la Academia de Letras, más conocida como Academia de Letrán estaba destinada a ser la piedra angular de la literatura del México poscolonial. Poco a poco fueron ingresando escritores de mayor y menor experiencia. Uno de los más jóvenes fue justamente Rodríguez Galván, al que sus congéneres llamaban simplemente “Rodríguez” y que se erigió en breve en figura fundamental de aquel cenáculo. La Academia funcionó durante una década, hasta aproximadamente 1846, siendo su época más fecunda la que abarca los años de 1836 hasta 1838. Algunos autores afirman que el cierre tuvo lugar antes.
  10. Soledad Cordero había iniciado su carrera como actriz en 1825, con solo nueve años. Logró un estilo de actuación que se alejaba del acostumbrado tono declamatorio y de la gesticulación desmedida, así se erigió una de las principales figuras del Principal. La también llamada “rosa del Principal” murió a los 31 años, en 1847, durante la gira que emprendió por el interior del país, alejándose de la invasión norteamericana. De la autora Yolanda Argudín véase su abarcador estudio Historia del teatro en México. Desde los rituales prehispánicos hasta el arte dramático de nuestros días. En: https://es.scribd.com/doc
  11. Tras un primer viaje realizado en 1819-1821 y al que corresponden títulos tan emblemáticos como En el teocalli de Cholula, Heredia se estableció definitivamente en México en 1825, aceptando una invitación del presidente Guadalupe Victoria. Fracasada la Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar de la que fue uno de sus más convencidos miembros, tuvo que huir de Cuba e iniciar un exilio que duró toda su vida y que apenas se interrumpió poco antes de su muerte cuando solicitó al Capitán General visitar la isla para ver a su madre. Heredia ocupó disimiles cargos oficiales en esta nación, algunos de ellos fueron Juez de Primera instancia en Cuernavaca, Oidor de la Audiencia, Magistrado de la Audiencia del Estado de México, catedrático, Director del Colegio del Estado y Miembro de las academias mexicanas de la Lengua y de la Historia. Tras su muerte, la esposa retornó con los hijos a la isla y aunque con la pretensión de trasladar más tarde los restos del intelectual a Cuba, ellos se perdieron al inaugurase un nuevo camposanto y descansan hoy en tierra mexicana.
  12. Ver el esclarecedor ensayo de Fernado Tola de Habich Imágenes de Ignacio Rodríguez Galván. En: com
  13. Citado por Jorge Contreras en Ignacio Rodríguez Galván: algunos acercamientos. En: circulodepoesia.com
  14. En tributo a Rodríguez Galván, su amigo Manuel Payno reeditó en 1848 El Año Nuevo, pero solo vio la luz un número.
  15. Marco Antonio Campos. “La Academia de Letrán”. En: iifilologicas.unam.mx
  16. Ignacio Rodríguez Galván. “La profecía de Guatimoc”. En: decimononica.org
  17. Roberto Mendoza Farías. “Ignacio Rodríguez Galván y la formación de la identidad nacional mexicana”. En: www.arizona.edu
  18. Ignacio Rodríguez Galván. “Adiós, oh Patria mía”. En: poemasde.net
  19. La correspondencia de Milanés con la Epístola a Ignacio Rodríguez Galván fue recuperada por el novelista Cirilo Villaverde, quien con posterioridad la dio a conocer a algunos amigos cercanos del poeta matancero. El contenido era ciertamente comprometedor y había que esperar por tiempos mejores para su publicación. Esta misma epístola devino una especie de himno para los cubanos que se lanzaron a los campos de batalla al iniciarse la Guerra de los Diez Años, en 1868.
  20. Manuel Payno: “Fragmentos de viaje a La Habana”. Citado por Jorge Contreras en Ignacio Rodríguez Galván: algunos acercamientos. En: circulodepoesia.com
  21. Citado en “Una composición de José Jacinto Milanés y su historia”. Reproducido en Cuba y América. Revista Ilustrada. En: https://books.google.com

Enero, 2015

Fotos: Autora e Internet

Mireya Cabrera Galan
Lic. Mireya Cabrera Galán. Córdoba, México, 1963 Graduada de Licenciatura en Historia Universal por la Universidad de La Habana. Investigadora Auxiliar y museóloga del Museo Provincial Palacio de Junco de Matanzas. Miembro de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC) y de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)

 

1 comentario en “Cuba en Ignacio Rodríguez Galván

  1. Qué noble y completa remembranza.
    Has sido un placer leer esto. Se nota en el testimonio el afecto y la admiración que se le tuvo en Cuba al gran Rodríguez Galván.
    Y a la manera antigua el decoro y el relato. Reconocimiento a la autora.

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